
Tengo el corazón agotado de tanto escuchar, ver y sentir cosas que olvidaría al instante,
tengo ganas de correr tan lejos de esta ciudad, que llevo a cuestas como vieja inválida.
Y es que el tiempo ha cambiado, y yo con él.
He visto el calor desaparecer por un frio de playa costera, el sol ocultarse entre las nubes obscuras del cielo nortino.
Y yo aún aquí, sentada bajo mi techo, que tanto detesto.
Tengo miedo de volverme loca y que los demonios que en mi viven, aparezcan desde mis cabellos cortos y mis ojos pequeños,
y quemen a los que amo por el maldito odio que ha ido creciendo durante años, veíntitres, para ser exacta.
Nada está bien, nada.
He finjido sonreír por dentro, mirar mis células, neuronas y organos, y he intentado convencerlos de que todo va bien aquí, pero no es cierto. He mentido.
He ocultado verdades para no hacer daño. Me he callado y he experimentado la actuación innumerables veces, para parecer lo que ellos quieren ver.
Es afuera, mi realidad.
Ahí estoy, de pié, observando el mundo pasar ante mis ojos cáfes.
Y esto soy.
Un río ahogado, cariño, ahogado en culpas y temores, que con las luces se camufla y baila, como niña sin padres.
Y pareciera que supiera más de lo que aparento.
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