martes, 22 de diciembre de 2009

Insultame de nuevo con ese palo en la mano

Ya es tanto.
Tengo pastillas en mi mano, seis para ser exacta y tengo miedo de beberlas con agua. La sobredosis me quiere matar, pero pongo en duda si quiero morir. Entonces, pienso en las consecuencias, recuerdo nombres y pienso si ya tienen su propia vida, sólo me quedan dos nombres, y en realidad uno me importa más que el otro.

Me miro desnunda en el espejo, tengo los senos redondos, el cuerpo curvo y panzon. Mi pelo mojado y despeinado y mis ojos arden de rojo, arden de llanto y rabia. Están cansados de escupir lagrimas molestas y enojadas, ojalás fuera mi boca la que escupiera para acallar las palabras groseras que mis oídos humildes tuvieron que escuchar hace un rato atrás. Es que soy escoria, pero con ego y orgullo.

No quiero levantarme del piso, está tranquilo y silencioso, me creo cadaver y estoy tirada sin emitir sonido alguno. Oigo la televisión que la loca de al lado escucha, las herramientas de un tal maestro y a ciertos niños chapotiando en una piscina. Es verano y espero la oportunidad de las vacaciones para largarme de estas paredes que dudan de mi inteligencia, madurez y criterio, a veces hasta me persiguen con palos y manos para pegarme o insultarme por que la razón y la locura han perdido la cordura. Rimo más que tus groseras y sucias palabras de odio. Aún veo tu rostro viejo y brillante encima de mi, tus ojos ardían de rabia. Yo nunca te quite la mirada.

Tiembla mi corazón, lo escucho tiritar, y mi cabeza retumba más allá. Ya es tanto y quizás venga más, y así quieres una noche buena de navidad, para celebrar el nacimiento del hijo de tu Dios. Siempre es mejor el hijo de otro.

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